Guerra entre Israel y Gaza: Qatar: la mediación como política de Estado | Internacional

Nada más estallar la guerra entre Israel y Hamás comenzó a librarse otra batalla, la diplomática, para buscar una salida a un conflicto que en poco más de un mes ha dejado 1.200 muertos en el lado israelí (según la última estimación del Gobierno) y más de 11.000 en el palestino. Y en ella, Qatar ha desempeñado un papel destacado. En esta diminuta península del golfo Pérsico, con una inmensa riqueza gracias a sus reservas de gas y petróleo, la mediación es una política de Estado recogida en su Constitución.

Qatar acumula dos décadas de experiencia lidiando en crisis y conflictos internacionales. En el que se libra ahora en Gaza, Doha ocupa un lugar único, fruto de un complicado encaje de bolillos diplomático que le permite mantener buenas relaciones con Irán y con Estados Unidos, a la vez que acoge la oficina política de Hamás y entrega ayuda a Gaza, esto último en coordinación con Israel. En estas semanas, ha multiplicado sus contactos para interceder en la liberación de rehenes israelíes y en el cese de hostilidades en la Franja, que vive un férreo asedio bajo las bombas israelíes.

Las conversaciones avanzan discretas, y en los últimos días ha trascendido que Qatar y Egipto están redoblando esfuerzos, en coordinación con EE UU, para lograr un acuerdo. Pero ya hay resultados tangibles. Por el momento, Hamás ha liberado a cuatro de los alrededor de 240 rehenes que fueron capturados el 7 de octubre, cuando el brazo armado del grupo logró penetrar en Israel en un ataque sin precedentes. En la liberación resultó clave la mediación de Qatar. Y la semana pasada, su intervención favoreció la reapertura de forma limitada del paso de Rafah, que separa Gaza de Egipto, lo que ha permitido la entrada de camiones con ayuda humanitaria y la salida de cientos de extranjeros atrapados en la Franja.

“Dado que Qatar acoge la oficina política de Hamás desde 2012, es natural que EE UU y otros países, incluido Israel, busquen su asistencia en el uso de esos contactos para tratar de asegurar la liberación de todos los rehenes posibles”, sostiene por correo electrónico Kristian Coates Ulrichsen, experto en Oriente Próximo del Instituto Baker de la Universidad de Rice, en Houston (EE UU). “Qatar se ha especializado dentro de su Ministerio de Asuntos Exteriores con enviados especiales dedicados a la resolución de conflictos y a la reconstrucción de Gaza”, añade.

La mediación en esta guerra es solo el último eslabón de una cadena de intervenciones que han permitido a Doha alcanzar un peso en la diplomacia internacional mayor del que sugiere su tamaño. Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid, explica por teléfono que, cuando accedió al poder en los años noventa, Hamad bin Jalifa Al Thani, el padre del actual emir, “quiso poner al país en el mapa”. “Intentó evadirse de la tutela de Arabia Saudí, porque todos los pequeños emiratos de la zona siempre habían estado de alguna manera tutelados por Riad. Así que quiso plantear una política exterior diferenciada”.

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El arabista cita cuatro pilares de la política exterior catarí: “Uno, el apoyo a los Hermanos Musulmanes, para tratar de ganar influencia en el mundo árabe. Otro, la puesta en marcha del canal de televisión Al Jazeera, para proyectar la narrativa catarí. El tercero, en una zona en la que hay mucha polarización entre Arabia Saudí e Irán, apostar por la neutralidad y por mantener buenas relaciones con los dos actores. El cuarto elemento era apostar por la diplomacia. La Constitución de 2003 así lo contempla, es una política de Estado, se apuesta por la diplomacia para poner fin a la conflictividad regional, principal causante de la inestabilidad permanente, congénita, estructural” en la zona.

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Palestinos con pasaporte extranjero esperaban a recibir el permiso para abandonar Gaza, el 7 de noviembre, en el paso de Rafah. IBRAHEEM ABU MUSTAFA (REUTERS)

Así, el país lleva dos décadas ofreciéndose como intermediario. Los expertos consultados recuerdan que intervino en 2007 para resolver un conflicto entre el régimen yemení y los Huthi; en 2008 ayudó a desactivar un enfrentamiento político en Líbano que amenazó con hundir al país en una guerra civil; fue mediador clave en las negociaciones entre EE UU e Irán para intentar revivir el acuerdo nuclear firmado en 2015 y del que la Administración de Donald Trump se retiró en 2018, y también para cerrar un intercambio de prisioneros entre estos dos países el pasado septiembre. Asimismo, albergó una oficina de los talibanes después de 2013, con la aprobación estadounidense, que sirvió para alcanzar el acuerdo de Doha en 2020. Ese pacto estableció la hoja de ruta para la retirada de EE UU de Afganistán tras 20 años de guerra (que finalmente resultó abrupta por el regreso de los talibanes al poder).

Qatar es un aliado fundamental de Washington: acoge cuarteles del mando central norteamericano y compra miles de millones anuales en equipos de defensa. Álvarez-Ossorio precisa que esta “alianza militar le blinda ante posibles agresiones de países vecinos”. Doha también tiene buenas relaciones con Irán porque ambos países comparten uno de los principales yacimientos gasísticos del mundo. Y, si bien formalmente no tiene relaciones con Israel, Álvarez-Ossorio apunta que existe “cierto entendimiento” entre ambos países “porque Qatar es el principal financiador de la Administración palestina en Gaza”, gobernada de facto por Hamás desde 2007. “Da unos 30 millones de dólares al mes para pagar los salarios de la Administración palestina y también para las familias más necesitadas, y se canaliza a través de bancos israelíes, con la luz verde del Gobierno israelí, porque era una manera de evitar que la crisis humanitaria se agravara”, añade. Todo ello, mientras Qatar “sigue siendo defensor a ultranza de la creación de un Estado palestino soberano independiente”.

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Bader Al Saif, profesor de Historia en la Universidad de Kuwait, explica en una conversación telefónica que las autoridades de Doha fueron “muy inteligentes” en cómo manejaron el traslado de la oficina política de la milicia palestina a Qatar tras el estallido de la guerra en Siria. “Estados Unidos fue parte de esta petición. Querían a alguien que estuviera en medio para hablar con Hamás sin hacerlo directamente [Washington lo considera una organización terrorista]”, señala. “Se hizo bajo el paraguas estadounidense”.

Así que Doha mantiene “una especie de equilibrio de funambulista”, en palabras de Álvarez-Ossorio. Al Saif recuerda que esta política le ha causado a Qatar más de un quebradero de cabeza. El más grave, el bloqueo que le impusieron Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Egipto entre 2017 y 2021, “descontentos con este rol tan activo” en la región y con las “conversaciones [de Qatar] con islamistas, que consideraban una amenaza a su seguridad”. Pero el país salió airoso de aquello.

Doha también ha tenido que capear críticas internacionales por vulnerar los derechos de los trabajadores extranjeros durante la construcción de las instalaciones del Mundial de fútbol de 2022, de las mujeres y de las personas LGTBIQ. El emir Tamim bin Hamad Al Thani es un monarca absoluto en un país rico (con un PIB per cápita de 81.970 dólares, frente a los 33.090 de España) en el que impera la sharía (ley islámica).

Álvarez-Ossorio, autor del libro Qatar. Perla del Golfo, junto a Ignacio Gutiérrez de Terán, opina que este “es el único actor que puede recibir en una misma semana al jefe del Mosad israelí, al ministro de Asuntos Exteriores iraní y al responsable del departamento de Estado de EE UU”. Estas citas se sucedieron hace unas semanas, pero los contactos han seguido. El jueves, se reunieron en Doha los responsables de la CIA, del Mosad y el primer ministro catarí. Y el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de EE UU, John Kirby, reiteró su agradecimiento a Qatar. Este viernes, el emir catarí mantuvo un encuentro con el presidente egipcio y otro con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed Bin Salmán.

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El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, el 13 de octubre en Doha.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, el 13 de octubre en Doha.POOL (via REUTERS)

Bader Al Saif puntualiza que Doha “no actúa en medio de la nada”, y “la región del Golfo tiene Estados que hacen más o menos lo mismo”. Cita a Omán, que “también tiene buenas relaciones con Irán y EE UU”. La diferencia, explica, es que Qatar tiene “más foco” y es “más estable” desde el punto de vista financiero. “Si combinas la reserva de gas y la alta capacidad de producción con una población pequeña [unos tres millones de habitantes], te da un poder muy grande”. “Tienen el dinero, los medios, la ambición y quieren trabajar como una fuerza que haga el bien en la región. Así se ven a sí mismos”, prosigue. Por eso, dice, Doha habla con todas las partes. “Han utilizado la política exterior para reforzar su seguridad nacional. Usan la mediación como una forma de supervivencia”, continúa. “La mediación como un poder blando consagra tu seguridad como Estado”, dice, “y además te da buena marca”.

En el conflicto entre Israel y Hamás hay otros actores importantes, como Egipto, también muy activo, aunque “hay cierta desconfianza entre las partes” porque considera “a los Hermanos Musulmanes como organización terrorista”, asegura Álvarez-Ossorio, por lo que Hamás —afín a los Hermanos Musulmanes— no lo ve como neutral. O Turquía, cuyas relaciones con Israel “no atraviesan su mejor momento”. Pero Qatar “tiene mayor trayectoria de negociación en la liberación de rehenes”.

A corto plazo, Doha puede jugar bien sus cartas. Aunque a medio plazo, probablemente las presiones sobre su relación con la rama política de Hamás aumentarán. Firas Maksad, experto del Instituto de Oriente Próximo en Washington, defiende por videoconferencia que el papel de intermediario puede continuar y evolucionar a medida que avance este conflicto. Especialmente una vez que la escalada israelí dentro de Gaza toque techo y comiencen las negociaciones sobre el futuro. A Qatar y otros países del Golfo “se les buscará” cuando se deje atrás la fase de la escalada y se convierta en más central “el tipo de diplomacia de salida, de cómo se puede empezar a superar [el conflicto actual]”, señala. “Habrá un papel de esos países, bien sea a través de la Liga Árabe o bien bajo el paraguas de la ONU con apoyo estadounidense”. Más diplomacia para Qatar.

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